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“Enjalbegar” para la Virgen.
Cuando el quince de agosto se aproxima, la ciudad se
moviliza para preparar y prepararse de cara a la celebración
de la festividad de Nuestra Señora del Prado, y participar
en las fiestas que en su honor celebra la ciudad,
continuadoras de las ya desaparecidas, pero prestigiosas y
renombradas ferias de ganado.
La Corporación Municipal se
afana en presentar un programa de festejos a gusto de
todos, la Hermandad de la Virgen del Prado y el Cabildo
Catedralicio se encargarán de dar el contenido religioso a
la celebración, y los ciudadanos de a pie, los devotos de
Nuestra Señora la Virgen del Prado, patrona de Ciudad Real,
también preparan sus atuendos y moradas para la llegada de
la feria.
Era costumbre de siempre, de
toda la vida, que al llegar la festividad de la Patrona de
la ciudad, se mejorase la imagen de nuestras casas, para
que lucieran más bellas y fuesen mas acogedoras a los
ausentes que al llegar estas fechas, volvían a su ciudad
para disfrutar la feria y visitar a su amantisima Virgen.
En la Ciudad Real, de calles
estrechas, largas y casas blancas, era imperdonable que
llegada la festividad de la Virgen del Prado, no se
enjalbegarse ó encalase la fachada de la casa, porque la
alegría y fuerza de la cal, que es la luz que a veces oculta
la humildad y sencillez de las viviendas y la pobreza de los
corrales, era como el pregón que anunciaba que las fiestas
se acercaban, que la procesión de la Virgen era cuestión de
días. Los Ciudarrealeños y visitantes al pasear por las
aceras, percibían como los tapiales y fachadas recién
enjalbegadas, con su resplandeciente blancor, se pavoneaban
en su sencilla vanidad.
Con la blancura inconfundible
de la cal y su característico olor, se mantenía esa
fidelidad a la belleza de nuestras calles y el rito anual de
felicitar a la virgen habiendo encalado y embellecido
nuestros hogares, haciéndolos más hermosos y hospitalarios.
Era el hermoso pregón de ferias de los viejos habitantes de
esta ciudad de reyes. |
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Era estampa habitual y propia
de estas fechas, ver a mujeres y algún que otro hombre,
salpicados sus rostros y ropajes con goterones de cal,
subidos a una escalera y brocha en mano, enjalbegando -con
la ilusión de un niño en vísperas de los Reyes Magos- las
fachadas con cal. Esas paredes construidas a base de tierra
apisonada golpe a golpe, que al ser encaladas de blancura,
ocultaban la pobreza de sus materiales y orgullosas lucían
su belleza produciendo destellos de blancura por doquier.
Con la evolución y
modernización de la sociedad actual, muchas costumbres y
tradiciones han pasado al desván de los olvidos. El
inigualable y característico color blanco, que producía la
cal al jalbegar una pared, dando con ello personalidad a
nuestros pueblos y ciudades, tristemente esta siendo
sustituida por la pintura plástica, que es más cómoda,
mancha menos, se pinta mejor y dura más, pero no es lo
mismo.
Ya ha quedado en el baúl de
los recuerdos la voz del vendedor de cal, anunciando su
mercancía al grito de: “a duro el quintal y a seis reales la
arroba”, su vieja y práctica romana, no volverá a pesar la
cal que le solicitaban las mujeres que salían a comprársela
para los blanqueos agosteños de cada año; nuestras mujeres,
no tendrán que meter los trozos de cal viva en ninguna
tinaja cubierta de agua, para que al contacto de las piedras
de cal con el agua, ésta hirviese con grandes borbotones,
hasta que las piedras de cal se cuarteaban y quedaban
pastosas, y una vez removidas con un palo y pasadas a un
cubo de zinc, tras añadirle un poco de agua, quedaba la cal
lista para enjalbegar.
Todo este proceso nos lo evita la
pintura plástica, e incluso la moda de embellecer las
fachadas con el alicatado de baldosines hasta el techo; pero
no es lo mismo.
Javier Segovia, en su popular
y costumbrista canción titulada “se ha perdido otro pueblo”
decía:
Yo no sé, si se han fijado
que ahora en la mañana
no nos hace despertar;
la voz del gallo:
ni de la campana,
ni del labrador,
ni del carro lento
que se perdió.
Y le podríamos añadir, que
también nos hemos quedado sin el hermoso pregón de feria,
que cada año y puntual a su cita proclamaba por todas las
calles, portillos y callejones la CAL; esta cal que olía a
feria, a devoción mariana, a huéspedes, a toros, caballitos
y traca. No faltaran los pregones desde el balcón
consistorial, lanzados por literatos y políticos, con bellos
y elocuentes textos, pero no es lo mismo.
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