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Recuerdos de ferias de antaño.
Nos aproximamos a la feria.
Estos días que se avecinan, que se adentran por las calles
de la ciudad con ráfagas de optimismo, no por repetidos
durante tantos años, están exentos de ciertos encantos y
emociones.
Fiel a la tradición, la feria
llega henchida de una dosis importante y necesaria de
alegría popular y devoción mariana, que deja a su paso una
estela de luz que irrumpe en la monotonía del quehacer
diario.
Son fechas para la diversión y
las remembranzas infantiles; son recuerdos de días lejanos,
donde, en el momento más inesperado nos asalta algún
recuerdo de años atrás, más bello cuanto más remoto.
El gitano que chameleaba, los
embustes continuos de un vendedor charlatán, el cohete de
lágrimas, el globo grotesco, las sesiones de cinematógrafo,
la señorita aldeana que visitaba nuestra feria para bailar y
no sabia como sentarse, exhibiciones de los primeros
pilotos, como aquel célebre aviador francés Mr. Tixier en el
año 1912, sesiones de “matinée”, reparto de pan a los pobres
el día de la Patrona, las cucañas, los bailes del vermut en
el casino… son personajes, escenas y actividades que ya
pertenecen a otra época.
Los escenarios han cambiado,
los ciudarrealeños ya
no se apiñan en la calle Feria y alrededores de la Plaza
Mayor para disfrutar de su feria. En la Plaza Mayor ya no se
alinean a lo largo de los portales de la derecha los puestos
de cacharrería barata, velones, porcelana, botijos y loza
ordinaria. Las tardes ya no se dedican al paseo distinguido
y abarrotado, amenizado por una orquesta instalada en la
terraza del edificio del Ayuntamiento. |
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Ya no se ven por los rincones
de la ciudad en estos días de feria, aquellos tipos
endomingados, niños con el rostro retostado luciendo sus
mejores atuendos, mujerucas con zagalejos de vivos colores
con pañuelos recamados, con zarcillos de oro y aljófar;
hombres curtidos por el tiempo y el clima, vestidos de negro
con su camisa blanca abrochada hasta el último botón del
cuello, tocados con sombreros de ala. En definitiva eran
ciudarrealeños cuyos cuerpos tenían algo del color y de la
dureza de la tierra con la que tanto habían luchado.
Ya no se oyen los gritos de
los vendedores paseando por lo más concurrido de la feria
para vender su mercancía.
Ahora, estos vagos recuerdos
de un pasado no muy lejano, destacan sobre la realidad de
los tiempos que corren, acordes con las comodidades,
infraestructuras y servicios de una gran ciudad. La antañona
feria de la Plaza Mayor de principios del siglo XX con una
iluminación a la veneciana (como se le llamaba) se ha
trasladado a un multicolor y multifuncional recinto ferial,
construido hace algún tiempo, en lo que tiempos atrás, fue
la granja agropecuaria. Aquellas guirnaldas de luces que se
enroscaban como serpientes trepando por los gigantescos
árboles del parque de Gasset, han dado paso a los arcos
iluminados con luces de colores que engalanan los paseos del
nuevo espacio ferial. El bullicio, la alegría se ha
trasladado a extramuros de la ciudad, las noches de feria,
la ciudad se silencia, esta dormida, si acaso, percibimos
alguna nota fugitiva escapada de un concierto en el paseo
del prado.
La feria evoluciona, cambia de
ubicación; las atracciones se transforman y regeneran, la
iluminación es más portentosa, la música gana en decibelios,
el tiempo pasa, los años avanzan, pero el aroma, la magia,
la alegría desbordante de la feria y nuestra devoción por
nuestra reina La Virgen del Prado, nos sigue envolviendo,
cautivando y embriagando año tras año, como lo viene
haciendo desde muchos siglos atrás.
Disfrutemos de la feria, compaginemos los remotos recuerdos
de días feriados con los venideros sueños de estos días que
se nos avecinan.
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