RAFAEL CANTERO MUÑOZ

Recuerdos de ferias de antaño


Nos aproximamos a la feria. Estos días que se avecinan, que se adentran por las calles de la ciudad con ráfagas de optimismo, no por repetidos durante tantos años, están exentos de ciertos encantos y emociones.

Fiel a la tradición, la feria llega henchida de una dosis importante y necesaria de alegría popular y devoción mariana, que deja a su paso una estela de luz que irrumpe en la monotonía del quehacer diario.

Son fechas para la diversión y las remembranzas infantiles; son recuerdos de días lejanos, donde, en el momento más inesperado nos asalta algún recuerdo de años atrás, más bello cuanto más remoto.

El gitano que chameleaba, los embustes continuos de un vendedor charlatán, el cohete de lágrimas, el globo grotesco, las sesiones de cinematógrafo, la señorita aldeana que visitaba nuestra feria para bailar y no sabia como sentarse, exhibiciones de los primeros pilotos, como aquel célebre aviador francés Mr. Tixier en el año 1912, sesiones de “matinée”, reparto de pan a los pobres el día de la Patrona, las cucañas, los bailes del vermut en el casino… son personajes, escenas y actividades que ya pertenecen a otra época.

Los escenarios han cambiado, los ciudarrealeños ya no se apiñan en la calle Feria y alrededores de la Plaza Mayor para disfrutar de su feria. En la Plaza Mayor ya no se alinean a lo largo de los portales de la derecha los puestos de cacharrería barata, velones, porcelana, botijos y loza ordinaria. Las tardes ya no se dedican al paseo distinguido y abarrotado, amenizado por una orquesta instalada en la terraza del edificio del Ayuntamiento.

Ya no se ven por los rincones de la ciudad en estos días de feria, aquellos tipos endomingados, niños con el rostro retostado luciendo sus mejores atuendos, mujerucas con zagalejos de vivos colores con pañuelos recamados, con zarcillos de oro y aljófar; hombres curtidos por el tiempo y el clima, vestidos de negro con su camisa blanca abrochada hasta el último botón del cuello, tocados con sombreros de ala. En definitiva eran ciudarrealeños cuyos cuerpos tenían algo del color y de la dureza de la tierra con la que tanto habían luchado.

Ya no se oyen los gritos de los vendedores paseando por lo más concurrido de la feria para vender su mercancía.

Ahora, estos vagos recuerdos de un pasado no muy lejano, destacan sobre la realidad de los tiempos que corren, acordes con las comodidades, infraestructuras y servicios de una gran ciudad. La antañona feria de la Plaza Mayor de principios del siglo XX con una iluminación a la veneciana (como se le llamaba) se ha trasladado a un multicolor y multifuncional recinto ferial, construido hace algún tiempo, en lo que tiempos atrás, fue la granja agropecuaria. Aquellas guirnaldas de luces que se enroscaban como serpientes trepando por los gigantescos árboles del parque de Gasset, han dado paso a los arcos iluminados con luces de colores que engalanan los paseos del nuevo espacio ferial. El bullicio, la alegría se ha trasladado a extramuros de la ciudad, las noches de feria, la ciudad se silencia, esta dormida, si acaso, percibimos alguna nota fugitiva escapada de un concierto en el paseo del prado.

La feria evoluciona, cambia de ubicación; las atracciones se transforman y regeneran, la iluminación es más portentosa, la música gana en decibelios, el tiempo pasa, los años avanzan, pero el aroma, la magia, la alegría desbordante de la feria y nuestra devoción por nuestra reina La Virgen del Prado, nos sigue envolviendo, cautivando y embriagando año tras año, como lo viene haciendo desde muchos siglos atrás.

Disfrutemos de la feria, compaginemos los remotos recuerdos de días feriados con los venideros sueños de estos días que se nos avecinan.